lunes, enero 03, 2005

Sudeste asiático

El domingo 26, al llegar de Pitalito, me encontré con la noticia del terremoto y posterior maremoto que azotó las costas de al menos ocho países del sureste asiático. De no creer. Mientras descubría la noticia y me iba informando de lo que había sucedido (en ese momento se sabía de “solo” 30.000 muertos), me parecía que me estaban contando una película gringa. Ellos que son tan aficionados a llevar a la pantalla gigante historias de grandes catástrofes.
Como siempre, la realidad supera la fantasía. Hoy se dice que son 130.000 las víctimas y cerca de cinco millones los damnificados. Las historias de los supervivientes son increíbles. La madre que tuvo que soltar a uno de sus hijos para evitar que perecieran los tres. Por fortuna el niño se salvó. La de la familia colombiana cuya bebé de 18 años fue arrebatada de los brazos del padre por una ola. La del niño sobreviviente de una familia de 30 personas quien la circunstancias llevaron a “conformar” una nueva familia junto a dos hermanas únicas sobrevivientes, también, de una otra familia extinta.
Las escenas en televisión de reporteros caminando por las calles de Indonesia, mientras a la orilla del camino se adivinan cuerpos aún sin recoger; y la de la máquina excavadora empujando decenas de cuerpos a una fosa común son de no creer.
Hoy decían en la W (sí, la estoy escuchando, algo que jamás pensé llegar a hacer) que, sin embargo, el turismo hacia esa región sigue llegando. Según los recién llegados, con cerveza en mano y en traje de baño, es su forma de contribuir a que la economía de estos países, basada en buena parte en el turismo, se sostenga. Suena buen argumento. No deja, de todos modos, de causar cierto escozor pensar que al lado de la tragedia haya quien pueda “descansar”.

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